Todo el mundo, pero especialmente nuestra América, fue testigo, hace pocos días, de uno de los episodios más vergonzosos de la política populista cuando el señor Maduro pretendió, inconstitucionalmente, disolver el congreso, después de haberlo despojado de sus inmunidades, y repartió su poder entre una fracción del tribunal de Justicia y su propia función, la ejecutiva.

Por el suelo quedaron la democracia, las libertades, el respeto a la voluntad popular, el estado de derecho. Y quedó al descubierto, sin careta y sin disimulos, un golpe de estado tan condenable, según la Carta Democrática Interamericana, como las aventuras militares que han ensombrecido la historia de nuestro hemisferio. ¡Pero se hizo así la luz sobre la realidad de Venezuela! Ya no podrán las mentes fanáticas decir que ese país es el más justicieramente igualitario de nuestra América, ni afirmar que allí imperan los valores de libertad y se respetan los derechos.

A pesar de los muertos, heridos y presos venezolanos, nuestro gobierno ofreció “respaldo incondicional” a Maduro y sentenció que el diálogo muchas veces intentado y siempre fracasado- debe servir para desarmar las tensiones. La OEA, con el voto en contra del Ecuador y otros países, resolvió abrir los ojos y examinar la crisis venezolana en una reunión de Cancilleres.

Maduro, respondió anunciando que Venezuela se retirará de la OEA, lo que ocurriría por primera vez en la historia de la organización regional. Ofende a la conciencia del continente observar que Venezuela, a causa del socialismo del siglo XXI y sus aberraciones, ha venido cayendo en un precipicio sin fondo. Siendo uno de los países con mayores recursos del mundo, su población está ahora condenada a buscar comida en los basurales, a morir por falta de medicinas, a traspasar ilegalmente las fronteras en búsqueda de bienes elementales para sobrevivir.

El Ecuador no puede seguir soportando que su gobierno, sordo al sentir mayoritario del pueblo, se empeñe en conducirnos por la ruta que ha llevado a Venezuela a su actual crisis. No cabe justificar la dictadura porque equivale a “hacer lo necesario para que continúe la revolución” y responder así a las necesidades del pueblo; destruir la economía para propiciar un falso igualitarismo; realizar obras públicas a costa de las libertades.

Quienes así piensan son capaces de sacrificar la moral en los altares de la acción eficaz. Son de la calaña de los que creen que matar a cientos para salvar a miles no es un problema de ética sino de matemáticas. Corresponde al pueblo venezolano resolver su grave crisis, pero el apoyo internacional le ayudará a entrar en el camino de la solución, evitando lo que se anuncia como una guerra fratricida. Así lo han pedido el Parlamento de Venezuela y el pueblo.

jayala@elcomercio.org

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